VIKING JAZZ

Rebekka Bakken

Escandinavia siempre ha sido un pequeño paraíso para el jazz. Desde tiempos, digamos, inmemoriales, los grandes maestros estadounidenses del género han tenido una particular afición a dejarse caer por Europa, atraídos por el reclamo de un público cultivado y del clima de libertad del viejo continente. Y si bien su destino favorito ha sido tradicionalmente Francia, los países del norte no le van a la zaga.

Especialmente, Dinamarca, donde vivieron en etapas más o menos largas nombres como Stan Getz, Ben Webster, Dexter Gordon, Kenny Drew o Thad Jones, entre muchos otros. Pero también Suecia, donde Don Cherry se convirtió en padrastro de Neneh y padre de Eagle-Eye, o donde Bebo Valdés pasó casi tres décadas olvidado de todos y tocando en hoteles y restaurantes.

Pero no podríamos hablar con propiedad de jazz nórdico si no hubiera intérpretes locales. Y los hay, muchísimos. Hay clásicos como el contrabajista danés Niels-Henning Ørsted Pedersen -más conocido por sus siglas, NHOP-, quizá el más universal de los jazzmen escandinavos, o como el saxofonista sueco Lars Gullin, uno de los pocos músicos europeos habituales del mundillo en EEUU en la década de los 50. Hay todo un elenco de voces femeninas que navegan con éxito por el jazz más comercial –Rebekka Bakken o Silje Nergaard–. Y hay una también larga lista de nombres que juegan con una cierta experimentación.

Hablamos de grupos como los suecos EST (Esbjorn Svensson Trio), que de 1990 a 2008 asombraron con un jazz con formas de banda de rock -incluyendo las actuaciones en estadios-, o de los también suecos Atomic y su más que enérgico free jazz, que algunos han catalogado como punk en cuanto a su actitud en el escenario.

Y, sobre todo, hablamos de los artistas noruegos agrupados en torno al sello ECM –alemán, curiosamente–, que fusionan jazz, electrónica, folk y otros varios estilos con vocación de apartarse de la tradición. Empezando por el pionero Jan Garbarek, siguiendo por el jazz progresivo de Terje Rypdal y acabando con el jazz apto para las pistas de baile de Bugge Weseltoft.

Como curiosidad, hasta la islandesa Björk se atrevió en su día con el jazz. Fue en 1990, poco antes de empezar su carrera en solitario, cuando grabó un álbum, Gling Gló, como cantante solista con el Guðmundar Ingólfssonar Trio.

Una producción jazzística considerable en un territorio de menos de 30 millones de habitantes. Algo que tampoco debería extrañar, teniendo en cuenta la conocida afición nórdica por la música, su magnifico sistema educativo y sus excelentes infraestructuras. Aunque también podría ser que le echaran algo que no sabemos al agua del grifo.