STRANGE FRUIT, CUANDO BILLIE CANTABA EL HORROR

Strange fruit

“Black bodies swinging in the southern breeze. Strange fruit hanging from the poplar trees”. Escuchad la letra. Mirad la foto. Imaginaos a Billie Holliday en un escenario desnudo. La emoción. El horror.

Marion, Indiana. Agosto de 1930. Un horda de supremacistas blancos lincha a dos jóvenes negros, Thomas Shipp y Abram Smith. Uno más de los muchos crímenes racistas cometidos en el profundo sur estadounidense desde finales del siglo XIX. Con el agravante de que a la ya espeluznante imagen de hombres de color colgados de un árbol se añadía el si cabe aún más terrorífico espectáculo de la muchedumbre linchadora congregada bajo sus cuerpos, con la tranquilidad de quien acude a un pícnic.

El doble crimen y la impactante fotografía indignaron especialmente a la opinión pública norteamericana –o a parte de ella–. Y muy notablemente a Abel Meeropol, un poeta neoyorquino, judío y socialista, que compuso un poema inspirado en los hechos. Un poema que posteriormente sería musicado. Y que inmortalizó una de las grandes entre las grandes.

 

 

Nueva York, 1939. Billie Holliday está ya acabando uno de sus recitales en el Café Society, un local del Greenwich Village frecuentado por intelectuales de izquierdas y de los pocos que permitían el acceso a negros en igualdad de condiciones. La sala queda a oscuras, salvo un solitario foco iluminando a la artista. Los camareros dejan de servir. Se hace el silencio.

“Los árboles del sur dan una fruta extraña. Sangre en las hojas y sangre en la raíz. Cuerpos negros se balancean en la brisa sureña. Una extraña fruta cuelga de los álamos”. Billie canta con la voz desgarrada, apenas tres minutos. Se encienden las luces. Billie Holliday ya ha abandonado el escenario. Una conmocionada audiencia se queda petrificada, dudando si aplaudir o guardar un respetuoso silencio.

Acaba de nacer un clásico. Y una de las primeras –y más celebradas– canciones protesta de la historia.