LORCA, JAZZ EN NUEVA YORK

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“Las únicas cosas que Estados Unidos ha dado al mundo son los rascacielos, el jazz y los cocktails”. Esta es una célebre frase atribuida a Federico García Lorca, que entre 1929 y 1930 residió en la Gran Manzana, donde parió su inmortal Poeta en Nueva York. Y donde quedó fascinado por nuestra música preferida.

“Yo vi en un cabaret, Small Paradise, cuya masa de público danzante era negra, mojada y grumosa, como una caja de huevas de caviar, una bailarina desnuda que se agitaba convulsamente, bajo una invisible lluvia de fuego”. De nuevo palabras de Lorca, que frecuentaba especialmente este club de Harlem, y que dedicó una parte fundamental de su libro al barrio y a sus habitantes.

Es allí donde sueñan los torsos bajo la gula de la hierba.
Allí, los corales empapan la desesperación de la tinta,
los durmientes borran sus perfiles bajo la madeja de los caracoles
y queda el hueco de la danza sobre las últimas cenizas.

Así acaba su poema Los negros, a quienes Lorca convirtió en un trasunto de los oprimidos gitanos de los que tanto había hablado en libros anteriores. Lo que, en cierto modo, representa adelantarse muchísimos años a muy posteriores fusiones del flamenco con el jazz y el blues.

En Poeta en Nueva York, Lorca transmite un insondable sentimiento de soledad entre la multitud neoyorquina. Pero la realidad era bastante menos áspera. Lorca escribía a su familia que “Nueva York es alegrísimo y acogedor”, y se sabe que mantuvo una intensa vida social e intelectual en la ciudad. Con un interés especial por la negritud –tuvo contactos con el entonces pujante movimiento literario del Harlem Renaissence, de afirmación de la identidad afroamericana–. Y con las ya mencionadas veladas en locales dedicados al jazz.

¿Y qué jazz habría podido escuchar Lorca en Nueva York entre 1929 y 1930? Nada, poca cosa… En esos años, Louis Armstrong se mudaba de Chicago a la ciudad de los rascacielos y empezaba a convertir en inmortal Ain’t Misbehavin; la orquesta de Duke Ellington amenizaba las noches del Cotton Club; Coleman Hawkins entronizaba el saxo tenor como gran instrumento solista del jazz, y Benny Carter era habitual en la orquesta del mismo Smalls Paradise al que iba Lorca. Ah, y una quinceañera, una tal Billie Holiday, cantaba ya regularmente en pequeños locales de Brooklyn.

Pero si hablamos de un gran poeta como Lorca, debemos dejarle a él la última palabra.

¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!
¡No hay angustia comparable a tus ojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
a tu violencia granate sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero con un traje de conserje!