JAZZ IN JAPAN

Jazz in Japan

Tokyo, 1993. En diciembre de ese año cerró sus puertas un conocido jazzu kissa –cafés dedicados en exclusiva a escuchar discos de jazz– de la capital japonesa. Hasta aquí, todo relativamente normal. Lo peculiar del caso es que la noticia apareció en la portada del principal periódico de la ciudad y del país. Y es que Japón es uno de los grandes países del jazz. Y desde muy antiguo.

Se suele creer que nuestro género musical favorito llegó al país del sol naciente tras la II Guerra Mundial. Pero esto no es exacto del todo. El jazz empezó a introducirse en Japón cuando casi no tenía ni este nombre, en fecha tan temprana como la década de 1910. Y lo hizo por una vía muy peculiar: los cruceros que hacían la travesía del Pacífico, y que contrataban para sus orquestas a músicos nativos.

En las dos décadas siguientes, el jazz se extendió como la pólvora entre los jóvenes más occidentalizados, en parte como símbolo de modernidad. Tanto que, cuando pasó lo que pasó en Pearl Harbor, el gobierno intentó prohibirlo, por ser la música del enemigo (sí, a nosotros también nos recuerda mucho a ‘Rebeldes del Swing‘).

Sí es cierto que la ocupación estadounidense posterior a 1945 significó un boom del jazz en Japón. Especialmente, por la demanda de músicos amenizar los locales que frecuentaban los oficiales made in USA. Músicos que muy pronto empezaron a volar por si solos. Algunos de ellos, incluso haciéndose un nombre en el circuito internacional.

Es el caso de los clásicos Sadao Watanabe, una leyenda viva en Japón, o de Masabumi Kikuchi, que trabajó con grandes como Miles Davis, Elvin Jones o Sonny Rollins. De Kazumi Watanabe y su jazz fusión, o del muy vanguardista Toshinori Kondo. Y de una larga lista, en la cual nos dejamos necesariamente muchos grandes artistas. Pero la lista quedaría coja sin dos nombres más. Dos fantásticas pianistas de dos épocas diferentes.

En primer lugar, Toshiko Akiyoshi. La gran dama del jazz japonés, probablemente el mayor genio que ha dado el género en las islas, y que fue pionera en introducir sonoridades niponas en sus composiciones –y a quien ya en 1958 llamaban para tocar en la TV americana, como podemos ver–. En segundo lugar, un joven talento que parece querer seguir sus pasos: la volcánica Hiromi Uehara, a quien tuvimos ocasión de ver recientemente en Barcelona en todo su esplendor.

Y otro día podemos hablar de los jazzu kissa, que también tienen miga.